Cómo alargar la vida del pan
Todo esto te durará más si nos haces caso.

Cómo alargar la vida del pan

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¿El pan de hogaza se te queda duro como una piedra o, al revés, chicloso? ¿El de molde parece un cultivo de moho? ¿Las barras no llegan en condiciones a la cena? Con estos trucos, se acabaron tus problemas.

El pan se endurece cuando se pierde la humedad en las moléculas de almidón, paradójicamente se pone chicloso primero –y mohoso después– cuando está en ambientes demasiado húmedos y el frío tampoco le va precisamente bien. Por eso la manera de almacenarlo es fundamental para que dure el máximo en óptimas condiciones, listo para darnos tostadas estupendas, bocadillos campeones y ayudarnos a rebañar la salsa de las albóndigas.

Pero no todos los tipos de pan tienen las mismas necesidades ni se comportan igual: por eso hemos preparado esta guía, que te ayudará a mantener el pan de molde tierno, las barras crujientes y las hogazas con el mejor equilibrio entre ambas cosas durante todo el tiempo posible.

El proceso importa

Cuantas menos cosas añadidas tenga el pan y más natural sea su proceso de elaboración, más tiempo durará en buenas condiciones: por eso el del pueblo, de la abuela o aquel que perdura en las leyendas de cada familia siempre “duraba una semana”. Los procesos enzimáticos de un pan que ha sido elaborado con harina –o harinas–, agua, sal y tiempo hacen que sea no solo más duradero, sino también más fácil de digerir.

Por el camino

No hay manera más eficaz de cargarse una buena barra, hogaza, panecillo o lo que sea que meterlo caliente en una bolsa de plástico: su propio calor y la humedad lo dejarán como un chicle en cuanto te despistes. Si lo compras recién salido del horno, asegúrate de que puede ‘respirar’ en condiciones hasta que esté a temperatura ambiente.

Llevar una bolsa de tela –de las de toda la vida o de las que se usan en verano como bolso– nos asegura que el pan llegue a casa en buen estado. Si no hay más remedio que meterlo en la bolsa en cuestión porque está lloviendo a mares, sácalo de allí en cuanto puedas: cada minuto cuenta, como en La jungla de cristal.

Las barras

Si es tu formato favorito, seguramente ya sabrás que también es el que peor aguanta el paso del tiempo: la proporción entre corteza, miga y superfície de exposición al aire lo convierte en el más efímero de los panes. Que aguante perfectamente de un día para otro es complicado incluso en las mejores calidades, así que intenta consumirlo en el mismo día que lo compras, y guárdala con la misma bolsa de papel en la que lo has comprado protegida con una bolsa de tela o un paño de cocina.

Si te sobra y quieres darle una segunda vida al día siguiente sin pasar por el congelador, métela en una bolsa de plástico: quedará chiclosa y no muy agradable para comerla tal cual, pero esa misma humedad le devolverá la vida si pasas el pan por la tostadora o te preparas con él un crujiente y delicioso bocadillo planchado.

Pan de molde

He aquí el único pan que agradecerá que lo guardes en la misma bolsa de plástico en la que lo has comprado, donde conservará su característica textura blandita y ligeramente húmeda. Aunque lo suyo es guardarlo en un lugar oscuro y fresco, como una alacena alejada del horno y otras fuentes de calor, si donde vives hace un calor extremo existe la opción de meterlo en la nevera.

Con este truco retrasarás la aparición de moho, pero el frío hará que se seque más rápido: envolverlo en una bolsa extra lo protegerá y minimizará este problema. Recuerda sacarlo de la nevera un rato antes de consumirlo: a temperatura ambiente estará más rico y más tierno que recién salido del frigo.

Las hogazas

Este es sin duda el formato más agradecido para conservarse en las mejores condiciones: una buena hogaza puede durar una semana en condiciones más que dignas (otra cosa será que puedas aguantar sin comértela, algo por lo que no ponemos la mano en el fuego). La tela vuelve a ser tu mejor aliada para ponérselo fácil: si lo envuelves en un paño de algodón o lino limpio, te lo agradecerá conservando la miga tierna y la corteza crujiente.

Guardarlo en un lugar fresco, seco y protegido de la luz es básico, siempre que este sitio no sea la nevera, que le va tirando a fatal y acelera su descomposición (menos al de molde). Cuando el tiempo empieza a pasarle factura y el pan está bien-pero-no-tanto, dale un golpe de calor y volverá a sacar lo mejor de sí mismo.

Si no tienes absolutamente nada para proteger tu pan –porque te han abducido los extraterrestres cuando volvías de hacer la compra, por ejemplo–, apoya la parte de la miga sobre una superfície lisa. Eso la protegerá de la sequedad, mientras la corteza ya hace lo mismo de manera natural con el resto de la superfície del pan.

En el congelador

Congelar el pan es una estupendísima manera de conservarlo en las mejores condiciones, siempre que se haga teniendo en cuenta un par de detalles. Si antes te hemos dicho que no hay que ahogar el pan con plásticos, en este caso es es justo lo contrario: cuanto más protegido esté, mejor, así evitaremos que las bajas temperaturas lo quemen y se quede securrio y con mal sabor.

La mejor opción pasa por hacer con unas bolsas de zip de las que se usan para congelar (por algo será). El grosor del plástico y el sellado ayudan a conservarlo en las mejores condiciones. El film de cocina también sirve, aunque es más engorroso de quitar, y si usamos bolsas normales es mejor poner una encima de la otra (y asegurarse de que están bien cerradas y no tienen agujeros.

También ayuda congelar el pan en el formato en el que lo vamos a consumir. Por ejemplo, si es una barra para hacer bocadillos, cortarla en trozos del tamaño deseado: se descongelará antes y evitaremos sobras innecesarias. Las rebanadas son perfectas para ir del congelador a la tostadora: si se separan un poco con las manos antes de ir al frío evitaremos que se peguen entre ellas. Esto es especialmente útil en panes densos y de miga húmeda, como el de centeno, que puede convertirse en un bloque imposible de separar sin cincel y martillo.

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