El experimento de la tortipizza
Tres tristes tortipizzas.

El experimento de la tortipizza

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¿Tiene sentido cruzar la tortilla de patatas con la pizza? ¿O es esta mezcla italoespañola un engendro infernal? Probamos tres modos de preparar la tortipizza y descubrimos su verdadera utilidad: servir de alivio a la resaca.

Yo era una de esas personas que viven una existencia pacífica, alegre y despreocupada, hasta que un buen día llegó esta foto a mi correo electrónico.

Me la enviaba un lector llamado Edu Lavandeira, con el siguiente texto: “Heeelllloooo, sé que acabó ya la Navidad viejuna, pero merece la pena que recibáis esta joya fotografiada en el paraíso gastronómico llamado Galicia: la tortipizza. ¡Saludos desde Vigo!”.

Comprenderéis que, tras el impacto de su visión, nada volvió a ser igual para mí. Entre lágrimas de incomprensión, decidí hacer lo que hago siempre en estos casos: socializar el sufrimiento. Colgué la foto en Twitter, y para mi sorpresa, no sólo obtuvo más de 1.300 retuits. Varias personas me informaron de que la tortipizza era un invento no demasiado novedoso, hecho que pude confirmar con una simple búsqueda en Google.

Desde entonces he sufrido el comecome y el regomello de saber si esa hija satánica de los dos platos más queridos por españoles e italianos podía tener algún sentido. Si, olvidándonos de prejuicios culturales, estábamos ante un gran hallazgo culinario, o si, por el contrario, la tortipizza era un truño comparable a la pizzalada de Telepizza. Sólo había una forma de saberlo: cocinarla.

Carlos en acción. HUGO BUSQUETS

Para que el experimento fuera lo más plural posible, el finde pasado engatusé a dos comidisters de pro, Mònica Escudero y Carlos Román, para que elaboráramos tres versiones diferentes de la tortipizza. También convoqué a Alberto García Moyano, alma jotera de En Ocasiones Veo Bares, para que diera su opinión imparcial sobre los resultados. Y allá que nos lanzamos, provistos de la suficiente cantidad de vino, almax y omeprazol como para enfrentarnos a lo peor.

Mi propuesta era la más básica: una tortilla de patatas clásica, tomate y mozarella por encima, horno para fundirla y unas hojas de albahaca fresca como remate. La de Carlos llevaba los mismos ingredientes, pero distinta técnica: no usó horno y fundió el queso tapando la sartén en la que había cuajado la tortilla. Si ambas se podían definir como “tortipizzas margarita”, la de Mònica era una “tortipizza calzone”. Después de echar la mitad de la mezcla de huevo, patata y cebolla a la sartén, le añadió unos tomates cherry de lata salteados con mozzarella, provolone y trocitos de aceituna, y tapó con la otra mitad del huevo con patata y la albahaca por encima. Después le dio la vuelta como a una tortilla de patata normal, con lo que los elementos pizzeros quedaron como relleno.

Mi tortipizza margarita. HUGO BUSQUETS
La tortipizza calzone de Mònica. HUGO BUSQUETS
La tortipizza al vapor de Carlos. HUGO BUSQUETS

¿Cuál quedó mejor? Por unanimidad, la que más gustó fue la de Mònica: era la que más recordaba al sabor de la pizza y en la que mejor estaban integrados los distintos ingredientes. “Fue la gran tapada”, asegura Alberto. “Mientras el conceptaco ‘tortipizza calzone’ hacía presagiar una victoria del resto de participantes sin bajarse del autobús, el quesazo fundido y los tomaticos chirri consiguieron emular bastante decentemente el sabor de una pizza, que se supone que es lo que la persona responsable de la creación del tortipizzismo pretendería”.

La orgullosa ganadora. HUGO BUSQUETS

La propia Mònica confiesa que era “muy inquietante notar claramente dos sabores y texturas tan familiares en un solo bocado”. Es cierto que daba un poco de cosica al principio, pero luego te ibas acostumbrando. Si os da la chaladura de prepararla en casa, la ganadora recomienda que “la parte pizza no llegue al borde, para que la parte tortilla se selle bien”, además de no esperar demasiado tiempo para comerla “porque el calor del queso hará que el huevo se empiece a cuajar por dentro”.

Carlos tuvo ciertos problemas técnicos con su criatura: “Creo que en las fotos es la que más se parecía a una pizza”, afirma, “pero entre que la tortilla me salió de aquella manera y que el vapor acabó cuajando el huevo hasta dejarlo como una zapatilla de esparto, quedó muy por debajo de las otras dos”. No obstante, Alberto ofrece un balance positivo: “Su base de tortilla parecía haber sido pacientemente amasada y formada a partir de una tortilla-madre cuidada de generación en generación”.

Intento de arreglarlo. HUGO BUSQUETS

La mía tampoco estaba para tirar cohetes: más que otra cosa, parecía una buena tortilla de patatas estropeada con un pegote de tomate y queso. Intenté que la tortilla fuera gruesa y estuviera muy poco cuajada por dentro, para que el grill no la dejara demasiado seca, pero no escurrí bien la mozzarella -muy aconsejable dejarla abierta media hora sobre un colador, como hizo Mònica-, por lo que se inundó de un desagradable caldillo. “Estéticamente, la tortipizza de Mikel era la más napolitana de las tres”, juzga un benevolente Alberto. “Tenía su bien de tomate, su bien de mozzarella y sus pérdidas, que la llevaron a ser injustamente bautizada como tortipizza Concha Velasco. Pero era más tortilla que pizza”.

Tras el experimento, ¿podemos decir que vale la pena hacer tortipizza? Como dice Alberto -y creo que los demás suscribimos-, “no es algo imprescindible para tu existencia”. La suma de los dos elementos difícilmente ofrece un valor superior a cada uno de ellos por separado. Ahora bien, todos señalamos su potencial como guarricomida apetecible en un día de resaca, al unir las virtudes sanadoras de la tortilla de patatas con las de la pizza. Eso sí, tendrás que encontrar a alguien que te la prepare, porque no es el plato más fácil para una mañanita triste después de una noche alegre.

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