El timo de los tests de intolerancias alimentarias

Se hacen en pocos minutos y prometen soluciones milagrosas para los problemas digestivos, las migrañas o el adelgazamiento. Pero en realidad no son fiables y pueden derivar en dietas peligrosas para la salud.

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El timo de los tests de intolerancias alimentarias
Varios alimentos potencialmente alérgenos según los test de farmacia.

Si hace poco te has hecho un test de intolerancias alimentarias en una farmacia, seguro que habrás dado positivo en no pocos alimentos. No te conozco de nada, no sé qué síntomas tienes, pero me apuesto los más de 100 euros que te has gastado en la prueba a que te han dado un buen listado de ingredientes a los que eres intolerante. Y claro, ahora estás haciendo una dieta bastante restrictiva, mientras lees compulsivamente las etiquetas de todo antes de comerlo. Si este es tu caso, tengo tres noticias para ti: una buena, una mala y otra regular.

La buena es que si vas a un médico de verdad, casi seguro que te dirá que no eres intolerante a nada. La mala es que seguramente vas a tardar más de veinte minutos -los que tardaron en hacerte ese test en la farmacia- en encontrar la solución a tu malestar. La regular es que nadie te va a devolver lo que llevas gastado en ese “tratamiento”, pero recuperarás tu vida social y volverás a darte el gustazo de mojar pan en las salsas.

Según la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), entendemos por intolerancia alimentaria a la presencia de síntomas digestivos desagradables -gases, distensión abdominal, diarrea, cefalea…- relacionados con la ingesta de algún alimento. La diferencia entre una intolerancia y una alergia alimentaria es que en las alergias se produce una reacción exagerada del sistema inmunológico, incluso con muy pequeñas cantidades de algún componente alimentario, pudiendo llegar a ser muy grave.

Los síntomas que suelen presentar las personas que acuden a hacerse estos tests corresponden con la primera tipología. Las pruebas más habituales determinan, mediante una muestra de sangre, el nivel de la proteína inmunoglobulina G (IgG). Con ellos lo que identifican son anticuerpos. El IgG lo tenemos todos en pequeñas cantidades, y estas pruebas tratan de interpretar el comportamiento del IgG frente a un determinado alimento. Entre estos tests tenemos: Test A200, Test Fis, Novo by Immogenics, Yorktest Food Intolerance, ImuPro300, y el más conocido, el Test Alcat. También hay otros que puedes hacértelos en casa: HemoCode o el Food detective.

Mediante cita previa, te hacen algunas preguntas sobre tus rutinas antes de hacerte la extracción de sangre. En una farmacia del barrio de Gràcia de Barcelona, me dicen que un test que detecta alrededor de 60 alimentos cuesta 135 euros. A Laura, 33 años, un naturópata le cobró 400 euros por uno que le podía detectar hasta 300 intolerancias.

Según me explican en la misma farmacia, la prueba dura 30 minutos, y en 48 horas te dan los resultados. En algunos casos te diseñan una dieta según tus intolerancias, en otros simplemente te informan de los alimentos a eliminar. Tienes que ir periódicamente a la farmacia -o al centro de terapias naturales- para que te hagan un seguimiento. En el naturópata de Laura, cada una de estas visitas de seguimiento -a las que acudió cada dos meses durante un año-, costaban 50 euros. El objetivo era ver si poco a poco podía introducir de nuevo en su dieta alguno de los más de diez alimentos que le habían prohibido. Acabó dejando este tratamiento y define su experiencia como “un timo que no recomiendo a nadie”. Ella misma dudaba de su fiabilidad, pero se lo hizo porque su médico no tenía respuestas a su problema. Me lo cuenta mientras se lamenta de la cantidad de dinero que se gastó “para nada”.

Pero el timo no es lo peor que te puede pasar: a Claudia, de 24 años, la prueba le costó unos 60€, pero no le hicieron ningún cuestionario antes de hacerle el test. Acudió a una farmacia porque tenía mucho dolor de abdomen. “La sensación era similar a la de tener gases, pero con más dolor, así que fui a preguntar y me hablaron de este test”. El resultado determinó que era celíaca. Con ese diagnóstico fue al médico de cabecera y le puso una dieta sin gluten, “incluso me recetó unas gotas de homeopatía, Iberogast, a base de manzanilla y regaliz”.

Le dijo que en dos meses volviese a hacerse pruebas, esta vez a un centro médico. No llegó a hacerlo, porque a las pocas semanas tuvo que ser ingresada en el hospital Sant Pau de Barcelona: el dolor de vientre se le acentuó y empezó a vomitar sangre. Lo de Claudia no era celiaquía,”era un embarazo ectópico que me fracturó la trompa, y me la tuvieron que extirpar”, dice. Hoy, casi dos años después, está recuperada, pero con secuelas de fertilidad.

El caso de Claudia es excepcional: lo normal es que un médico no ponga un tratamiento basándose en un test de intolerancias de este tipo. Así me lo asegura el doctor Francisco Botella, Jefe de servicio de endocrinología y nutrición del Hospital de Albacete y vocal de comunicación de la SEEN: “Estas pruebas no forman parte de los estándares del tratamiento médico científico actual. Cuando viene un paciente con ellas les explicamos que no tienen fundamento científico”. El endocrino me explica que el protocolo es elaborar una dieta cuando el paciente trae un diagnóstico del especialista en alergias. “Las pruebas que se hacen te las explicará mejor un alergólogo”. Sigo su recomendación y llamo a la Asociación Española de Personas con Alergia a Alimentos y Látex (AEPNAA), donde me ponen en contacto con la doctora Belén de la Hoz Caballer, miembro de su comité científico.

La doctora De la Hoz es Jefa de servicios de alergología del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid. Ella me explica qué protocolo se sigue en un hospital con un paciente que presenta los síntomas de una intolerancia alimentaria: “Hay que hacer una exploración para ver si su colon anatómicamente es normal. Hay que descartar una enfermedad anatómica: Crohn, apendicitis… Una vez estamos seguros de que el paciente no tiene las enfermedades fisiopatológicas claras se hacen pruebas de alergia. Si no se encuentra nada, la prueba ‘fetén’ es darle de manera enmascarada el alimento, test de provocación. También mediante la dieta de exclusión”. Un proceso laborioso.

Conociendo ya lo caras que son las pruebas de la farmacia, le pregunto a la doctora si la Seguridad Social costea los tests que solicita un especialista médico: “Claro. En los hospitales tenemos la posibilidad de hacer prácticamente todas las pruebas. Si hubiera alguna prueba que consideramos necesaria para algún paciente y no la tenemos, se puede pedir”. Entonces, ¿por qué hay quien prefiere gastarse una fortuna en una hecha en la farmacia? La rapidez y lo reconfortante que es encontrar respuestas a un malestar son dos de las causas. También que se trata de una prueba poco intrusiva e indolora.

Conscientes de este hecho, algunas aseguradoras privadas como Sanitas, ofrecen este tipo de test. Daniel, de 41 años, recurrió a esta fórmula: “En la sanidad pública me hicieron muchas pruebas, incluyendo una colonoscopia, pero no encontraron mi problema. Más tarde supe que los tests que hace la sanidad pública no incluyen el chequeo de la inmunoglobulina G. Cansado de no tener soluciones, me informé por internet”. Se hizo un test en Sanitas y le detectaron intolerancia a varios alimentos que lleva evitando más de un año. Se encuentra perfectamente y asegura que su vida es mucho mejor.

“A veces en los centros de atención primaria sí se utilizan tests mediante una muestra de sangre para el diagnóstico a groso modo de la alergia a alimentos. Pero es una prueba para derivar al alergólogo”, dice la doctora De la Hoz. “Yo no doy validez a estos tests de farmacia. Además, me parece sospechoso cuando lo mismo te sirven para adelgazar que para tratar la migraña”.

Actualmente mucha gente se dirige a farmacias o a centros de terapias alternativas para encontrar solución a algún problema digestivo, pero también recurren a ellos quienes quieren tratar la migraña o ponerse a dieta. “Fíjate en la contradicción”, dice el doctor Francisco Botella, “si alguien tuviera una intolerancia a algo, lo primero que haría sería hacerle perder peso. Le sentaría mal y por lo tanto no lo asimilaría. Sin embargo se usa para perder peso: como tengo intolerancia, me engorda”. Lo peligroso de esto son las consecuencias graves que puede tener llevar una dieta inadecuada y tan severa: “Me han llegado a consulta pacientes con claros síntomas de desnutrición por someterse a unas dietas muy restrictivas que no estaban justificadas”, afirma el doctor.

Para el endocrino, es difícil entender que se ponga en riesgo la salud jugando a ser dietista o siguiendo una moda, incluso menciona la que a veces parece ser la verdadera motivación tras estos tests. Que no es la salud, sino el ego: “Como la gente se cree que es tan especial, también creen que tienen que comer muy especial”. Y continúa con cierto desespero: “Es muy frustrante. Nos sentimos muy pequeñitos para poder luchar contra estas modas incluso recomendadas por famosos, porque el impacto mediático que tienen es muy grande”.

Por su parte, la alergóloga es más autocrítica: “No nos olvidemos de que el paciente que recurre a estos tests tiene un problema, o la sensación de tenerlo, que desafortunadamente nosotros o su médico de cabecera no hemos sabido resolverle. Entiendo que es muy sugestivo tener un test que te dice que te lo cura todo. Es muy esperanzador. Hay que intentar entender al paciente. Y nosotros, los médicos, intentar respaldarle”. Tal vez la solución sería pensar que si un doctor no se toma suficientemente en serio nuestros síntomas, el que nos falla es el médico en particular, no la medicina en general.

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