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Comida insana en las máquinas de ‘vending’ de los hospitales

Bollos, palmeras de chocolate, galletas, refrescos, patatas fritas... La oferta de los puntos de venta de muchos centros sanitarios de nuestro país es insana. Lo analizamos y vemos posibles soluciones.

Un trabajador de un hospital frente a una máquina de 'vending'

Cuesta creerlo, pero no hace tanto, los médicos recomendaban fumar. A mediados del siglo XX no era raro, de hecho, ver al personal sanitario en anuncios o en las revistas estadounidenses alabando las supuestas bondades del tabaco: aliento fresco, una garganta menos irritada, una mejor digestión o hasta, incluso, propiedades curativas. Todo un despropósito que hoy, con la perspectiva que dan los años y, sobre todo, los estudios médicos, hace arquear las cejas. Algo que, quizás, dentro de medio siglo, les ocurra también a los que sigan por aquí al comprobar cómo actualmente es posible encontrar todo tipo de productos insanos en las máquinas de vending de algunos hospitales de España.

No es que los médicos recomienden esos productos, pero mientras ustedes leen esto un cirujano saca una palmera de chocolate de uno de esos puntos de venta. O una bolsa de patatas fritas. O un batido. O una bolsita con gajos de manzana, si es que tiene suerte y encuentra algo de fruta. Porque es lo menos habitual de ver en estas expendedoras, que colapsan también universidades y oficinas. Aunque, en ese caso, tendría que pagar más. Escama -y mucho- que toda esta barra libre de grasas, sales y azúcares esté prácticamente 24 horas a disposición de profesionales o pacientes y sus familiares en centros, paradójicamente, que deben velar por nuestra salud. Sobre todo sabiéndose lo que se sabe.

Un 60,9% de obesidad

En EE UU tuvieron excusa: hasta 1964 no se conoció la incidencia real del tabaco. Mientras que aquí sabemos desde hace años la estrecha relación que guardan esos pseudoalimentos omnipresentes en nuestra vida cotidiana con los problemas de obesidad de este país. El Estudio Nutricional de la Población Española, que publicó en 2016 la Revista Española de Cardiología, hablaba ya de un 39,3% de españoles que sufrían sobrepeso y un 21,6, obesidad. Es decir, más de la mitad de la población (60,9%) de entre 25 y 64 años. Y si ponemos el foco en los niños, la cosa no mejora: dos de cada diez tienen sobrepeso y uno de cada diez es obeso, tal y como se desprende de la última Encuesta Nacional de Salud.

Desde luego, poder escoger entre un donut con chocolate o uno con azúcar, en todo momento, no ayuda a resolver este problema. Y engorda, de rebote, nuestro gasto sanitario.

Un coste de 19.908 millones de euros

El consumo regular y en grandes cantidades de estos productos está detrás también de una parte importante de los nuevos casos de diabetes tipo 2, me concretan desde la Federación Española de Diabetes. Es decir, cuando el páncreas se ve incapaz de producir la insulina suficiente para regular los niveles de azúcar en sangre. Esto provoca, además, un coste de 19.908 millones de euros al Sistema Nacional de Salud, como reveló la Fundación Mapfre en un informe de 2015. Hay que recordar que esta patología es evitable. Preguntar esto es casi insultante, pero, ¿no deberían los hospitales promocionar otros alimentos más saludables?

Colectivos como Cambiando el vending –formado por siete estudiantes del grado de Nutrición humana y dietética de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla- llevan tiempo haciéndose esa misma pregunta y constatando la oferta insana de esas máquinas en los hospitales de su provincia. Respaldados por las redes sociales y otros informes como el del consumo de alimentación en España, según el cual comemos anualmente más fruta, que bollería o galletas. Y bebemos más agua envasada, que bebidas refrescantes. Pero, claro, todo esto en casa. Fuera lo que hay, según los datos que me facilita Raúl Rubio, presidente de Asociación Nacional Española de Distribuidores Automáticos (Aneda), son 364.000 maquinas de este tipo. Y de ellas, unas 20.000 estarían en hospitales, según cálculos aproximados de El Comidista. Lo que ya es más difícil de anticipar es cuántos de esos productos insanos hay en los lineales. Porque sí que es verdad que hay comunidades que, ante este paisaje, han empezado a arquear también las cejas.

Murcia, Andalucía o Euskadi

Murcia decidió en 2017 vetar la bollería y los refrescos en las máquinas de venta de los hospitales. Mientras que Andalucía va a obligar a los operadores de vending a instalar fuentes de agua potable, refrigerada y de acceso gratuito en centros sanitarios. El País Vasco, entretanto, ha presentado un ambicioso plan de Iniciativas para una alimentación saludable en Euskadi, que contempla que la mitad de los productos de esas expendedoras tengan que ser fruta y verdura. Algo que ya ocurre, por ejemplo, en el Hospital de Cruces, de esa misma comunidad.

Desde 2015, este centro ofrece en muchas de sus máquinas la mitad de productos saludables gracias a otra iniciativa, en este caso de la marca Gosasun, que se implantó para garantizar esa oferta más sana. Aunque este hospital también cuenta con otra expendedora de sándwiches calientes de queso y tocino, de la que se hizo eco el fotógrafo Carlos García Pozo, en Twitter, y que, al parecer, está ubicada en la sala de espera de los quirófanos de la unidad coronaria de este centro.

Fuentes de ese hospital vasco confirman que la máquina existe, pero matizan que está en una de las salas de espera “que hay cerca de la Unidad de Hospitalización Cardiovascular”. Y sobre lo que dispensa, exponen: “Ofrece la oportunidad de tomar algo caliente cuando cierra la cafetería o la espera es más larga de lo habitual, porque en las otras máquinas solo hay productos fríos y, además, cada uno toma lo que quiere, ¿no?”. Indudablemente, pero conviene recordar también que las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de muerte en España.

Casademont, la marca que figura, desmiente cualquier relación: “No estamos vinculados al negocio del vending desde 2003. Las máquinas eran gestionadas por una empresa externa y Casademont se limitaba a suministrarle los bikinis que se vendían en esas máquinas, pero en ningún caso era responsable ni de ellas ni de donde se ubicaban. La máquina que aparece en la fotografía, de la que no teníamos constancia, debe ser un residuo de estas antiguas máquinas, pero el producto que se comercializa no procede ni es suministrado por Casademont”.

El caso de Madrid: diferencia entre hospitales privados y públicos

Con todo, ese hospital ofrece, al menos, una línea de un 50% de productos más saludables. Porque hay otros centros sanitarios que, directamente, son una invitación a abrirse las arterias. En El Comidista recorrimos cinco hospitales de Madrid para verificar qué tipo de productos había en sus máquinas. Y el resultado, ya se lo adelanto, no les sorprenderá. La elección fue meramente casual, pero sí quise saber si esa oferta variaba de un hospital público a uno privado o concertado. Así, visité: los hospitales públicos del Clínico San Carlos y de La Princesa; el complejo hospitalario Ruber Juan Bravo y el hospital La Milagrosa, estos de gestión privada. Y la Fundación Jiménez Díaz, hospital privado concertado con la sanidad pública madrileña. Y sí que había algunos matices reseñables.

En los hospitales públicos, por ejemplo, la oferta de ultraprocesados era mayor que en los privados. En La Milagrosa, directamente, escaseaban las máquinas de vending. Y las pocas que se veían ofertaban, sobre todo, bebidas como botellas de agua o refrescos y, si acaso, alguna bolsa de patatas fritas. “Tenemos tres o cuatro máquinas, no recuerdo, porque apostamos sobre todo por el servicio de cafetería, que tiene un horario amplio: de 7.30 a 11 de la noche”, afirman desde este centro gestionado por el grupo Hospitales Católicos de Madrid.

En la Ruber se estila más el Detox

En su homólogo de la clínica Ruber, de Juan Bravo, sí que había más de estos expendedores automáticos. Pero también fruta entera -dos piezas de manzana por 2 euros-; nueces a 1,40; paquetes de pechuga de pavo a 1,50; o zumos detox de remolacha, zanahoria, granada, manzana y limón a 2,40 euros, pese a la inutilidad de estos. Las lonchas de pavo tampoco es que sean la panacea, pero cuando visité este hospital no vi ni bollos ni chocolatinas y sí mucha barrita de muesli a 1,15 o snacks de frutos rojos por 1,20 euros, además de alguna bolsa de patatas fritas y refrescos por ese mismo precio. Nada que ver, ya les digo, con el panorama del hospital Clínico y La Princesa.

Allí, las máquinas estaban a rebosar de patatas fritas, gominolas, bollos, chocolatinas, galletas, más fritos o sándwiches. Y sano, lo que se dice sano, poca cosa: en La Princesa encontré un envase con gajos de mandarinas, trozos de manzana y coco, que sabía a corchopán y costaba 1,60 euros. Mucho más caro que el Kit Kat, la sempiterna palmera de chocolate o las Ruffles sabor jamón: todos a 1,10. Mientras que en El Clínico, después de mucho rebuscar, lo más liviano que encontré fueron unas almendras por 1,20; esas mismas lonchas de pavo, también a 1,50 euros. Y las botellas de agua a 0,65 euros. El resto: donuts y galletas Oreo o Doritos a 1 euro; o bolsas de MisterCorn con un tamaño XL a 90 céntimos, por citar algunos de los mismos ejemplos que encontré, a su vez, en la Fundación Jiménez Díaz.

Puntos de venta tupidos de productos insanos a precios irrisorios: por 1,20 euros podías escoger entre Doritos, Cheetos, Donuts -de chocolate o de azúcar-, unas gominolas de fresa o la consabida palmera. Y en la esquina inferior de la izquierda, muerta de risa, una exigua bolsita con gajos de manzana por 1,60 euros. Lo más sano, a simple vista, junto con las nueces que, por supuesto, también eran más caras: 1,45. Pero eso de a simple vista es una frase hecha: obviamente, uno no va mirando al suelo, como me explica Elena Añaños, directora del grupo de investigación de psicología y comunicación publicitaria de la Universidad Autónoma de Barcelona: “Aunque depende de otros muchos factores, en principio, los productos que están situados en la parte superior central y de la izquierda serían lo que captarían más nuestra atención y así tendrían más posibilidades de compra”. Es decir, esas chocolatinas y patatas fritas.

Una línea saludable no tan saludable

Esto, sin embargo, no fue lo más chocante. Tanto en las máquinas de la Fundación Jiménez Díaz como en las de la Princesa se promocionaba una supuesta línea saludable que incluía productos como galletas Digestive de chocolate, bizcochos de fruta, patatas o batidos Biofrutas. Si alguien se creyese que esos productos son, en efecto, mejores, ¿qué estaría tomando, realmente? Me responde Javier García, tecnólogo de los alimentos: “Ese batido es una mezcla de agua y edulcorantes, que no tiene matriz y que además te lo visten como saludable: como si estuvieras tomando leche y fruta. Pero la leche que lleva es desnatada. De modo que el poco alimento que pueda tener, lo desvisten y le quitan nutrientes”. ¿Pero ese bizcochito de fruta y fibra parece muy saludable, no? “El primer ingrediente que aparece es el jarabe de glucosa y fructosa, lo cual indica ya que hay muchísimo azúcar porque el primer ingrediente indica también el porcentaje más alto que tiene ese producto”. Pero, hombre, si tiene fibra. “Pero muy por debajo de lo que es el principal ingrediente; con lo cual ese aporte de fibra no es significativo”.

¿Y estas patatas que no están fritas y lleva un 50% menos de grasa y cereales y soja? “Menos alimento, tiene de todo. Es una mezcla homogénea de diferentes ingredientes refinados y depurados para que sean perfectos al paladar. El almidón que se deshace en boca produce el mismo efecto del azúcar, que a su vez con la sal y el glutamato provoca ese efecto de cuando haces pop ya no hay stop. Además sí están fritas en aceite de girasol, que es altamente refinado y rico en omega 6, que en un consumo excesivo causa alteraciones del sistema cardiovascular. Antes ese aceite se consumía en casa, pero ahora se consume más porque va en todos estos ultraprocesados”.

Detrás de esas máquinas están los operadores Easy Vending y Alliance Vending. El Comidista intentó, sin éxito, recabar la versión de este segundo, que se ocupa de las expendedoras del hospital de La Princesa. Easy Vending, que además de las máquinas de la Fundación Jiménez Díaz se encarga también de reponer las del Clínico y la Ruber de Juan Bravo, sí nos respondió: “Esa línea saludable abarca muchas formas de alimentación: hay productos para celiacos, veganos, naturales, ecológicos, menos grasas, bajos en azúcar…”. Algo que le chirría a nuestro nutricionista de cabecera, Juan Revenga: “Los productos celiacos no tienen ningún beneficio, en general, sobre la salud. Si acaso se podría beneficiar un escaso porcentaje de la población total que tuviera esa sensibilidad al gluten no celiaca. Una patología todavía indefinida y no bien aclarada en su origen ni en su tratamiento. Es como quitarte los cacahuetes de la dieta: si eres alérgico, vale, pero si no…”.

Ultraprocesados por carburante

Ultraprocesados por carburante

En cualquier caso, esa supuesta línea más saludable choca con una promoción que se ve en las máquinas de este operador: un sorteo de 5 euros de carburante a cambio de comprar un paquete de Mikado, otro de Milka o unas galletas Oreo. “El proveedor quiere vender, ¿te parece mal? Y, además, si te vas a cualquier supermercado encuentras ofertas de este tipo en Bollycaos”, responden al otro lado de ese operador de máquinas de vending. Y esto es cierto, pero un supermercado no es un centro hospitalario. El otro hospital al que este negocio surte –la clínica Ruber de Juan Bravo- sí que tiene, decíamos, una oferta más saludable. ¿Por qué en los privados sí y en los públicos no? “Porque el cliente lo requiere así”, zanjan desde Easy Vending.

El grupo hospitalario que gestiona el Jiménez Díaz y la Ruber es el Grupo Quirón, que no contestó a nuestras preguntas. Mientras que la Consejería de Sanidad de Madrid, quien se ocupa del Clínico y de la Princesa, expone: “Se supervisa que los productos sean saludables pero aún no hay normativa al respecto. Pero en su mayoría sí ofrecen productos saludables: productos sin azúcar, bebidas sin cafeína, productos integrales. Algunos disponen de su propia línea healthy”.

Lo que más se vende son bebidas calientes

Según cifras de Aneda, la asociación que representa a este sector, el negocio del vending factura unos 1.380 millones de euros anuales. La colocación de estas máquinas en los hospitales, me explica su presidente, Raúl Rubio, se hace por concurso público. Los precios los fija el licitador. Y hay, empresas, asimismo, que para concursos y ofertas se apoyan en dietistas-nutricionistas para la valoración de los productos exigidos. Del consumo de máquinas de vending, precisa Rubio, el 52% son las bebidas calientes. El 28%, las bebidas frías, de las que el 70% es agua; y el 20% restante son comidas y snack.

Un canon por explotar el negocio

Fuentes de este sector, que prefieren mantenerse en el anonimato, sugieren que el principal problema que tienen –y la razón de que, apenas, haya productos saludables- es el alto canon que los operadores tienen que pagar por hacer negocio, dicen, en esos hospitales: "Como todas las empresas ofrecen lo mismo, al final gana la que más dinero da al hospital”. Un hecho que me confirma Javier Zamora, periodista de Hostel Vending, la revista de referencia de este negocio. "No existen concursos homogéneos y las condiciones varían, pero hasta ahora eso del canon ha funcionado como una cantidad que el operador tiene que pagar a la Administración por la explotación de sus máquinas. Esta puede ser fija y mensual o anual y variable (por número de máquinas). Y puede ir desde los 100 euros a los 800 o 900, dependiendo". O, incluso, hasta los 1.650 euros, como se puede leer en esta licitación de la Junta de Andalucía.

La Consejería de Sanidad de Madrid también confirma este extremo: “El pago del canon depende de cada tipo de contrato, y estos dependen de cada hospital”. Del Grupo Quirón, en cambio, no obtuvimos respuesta tampoco sobre esto.

¿Y por qué los productos insanos son más baratos que los saludables? Zamora resuelve: “El que redacta el pliego, en el parte técnica, fija los precios. Suele ser un umbral negociable, pero después de ganar la licitación y siempre que la Administración quiera negociar. Ellos te fijan el precio, que suele ser muy bajo. De modo que tienes poco margen para actuar y esto te obliga a meter muchos productos basura para tener algo de beneficio. Los productos saludables suelen ser menos rentables al ser perecederos y no tienen la misma demanda. El canon y los precios bajos son, en resumen, incompatibles con una oferta saludable. Y eso que, en estos pliegos, sí que vienen requisitos que tienen que ver con la salud: un número máximo de grasas saturadas, que haya productos para gente alérgica o intolerante, de comercio justo... pero no se especifican productos concretos como, por ejemplo, la fruta”.

Máquinas de 'vending' con fruta variada y alta demanda

Aunque siempre hay excepciones, naturalmente. Carlos Méndez y Gemma Sanz llevan cinco años al frente de Fruitube. Una empresa de Ajalvir, en Madrid, que vende fruta entera y fresca y que viene envasada en tubos. Como proveedores de esos operadores de vending y también a través de las dos máquinas que tienen: en la Universidad Rey Juan Carlos, de Móstoles (Madrid), y otra en el colegio Khalil Gibran, de la localidad madrileña de Fuenladbrada. Y, en su caso, no hay problema de demanda. “Vendemos 3.000 tubos de fruta a la semana, en toda España, aunque los operadores nos piden más bien poca y ellos sí que tienen un montón de máquinas", lamenta Méndez.

Ofertan desde manzanas, peras, uvas, mandarinas o melocotones, a albaricoques, kiwis, nectarinas, paraguayas, cerezas, picotas o fresas. “Si tú vas a una máquina y solo tienen manzanas, pues un día comerás manzanas. Pero, al cuarto día, ya estarás harto y te comerás una chocolatina. De esta forma, nunca te aburres porque tienes para elegir”, razona este especialista.

Si se quiere, se puede

Su precio también ayuda: la fruta entera cuesta 1,50 y los frutos secos, que también los venden, como almendras, nueces, pistachos o anacardos, 1,80. Por si no se quieren manchar: las manzanas, peras, nectarinas y melocotones llevan una toallita biodegradable elaborada con agua y con aroma de plantas aromáticas para lavar la fruta antes de consumirla. "Aunque suele venir prelavada de los agricultores, pero en frutas grandes sí metemos la toallita y en el caso del kiwi, además, una cuchara-cuchillo”.

Seleccionan ellos mismos el género y suelen meter dos piezas -o hasta tres- en cada bote. Y por si se lo preguntan: su fruta dura unos 15 días. “Las máquinas que usamos son de refrigeración y están entre 7 y 9 grados. Y luego, aparte, cada bote lleva unas aberturas laterales para que se conserve mejor la fruta”, explica el dueño de Fruitube. Lo que se conoce como atmósfera controlada, puntualiza Beatriz Robles, tecnóloga de los alimentos. “De esta forma, el envase es permeable selectivamente a determinados gases de forma que se puede controlar la respiración de las frutas haciendo que duren más. Esto se consigue reduciendo la cantidad de oxígeno disponible para la fruta y aumentando la concentración de CO2. Así solo entra la cantidad de oxígeno que nos interesa y que sustituye al que la fruta va gastando en la respiración y así se controla la velocidad de las reacciones”.

¿Por qué no hay más fruta en los hospitales?

Con estos antecedentes, cabe preguntarse por qué no hay más fruta así en los hospitales. Nuestro experto lo tiene claro: no interesa. “Pero no es una cuestión de demanda, lo que nos ha enseñado el hecho de instalar nuestras propias máquinas es que si hay fruta, se consume. Pero fruta fresca y de calidad. Pero, claro, es más fácil vender coca colas o patatas fritas: productos no perecederos y que no tienes que andar reponiendo cada dos semanas". ¿Y el tema del canon influye? "Nosotros, desde luego, no podemos pagarlo. Porque, además, luego tendríamos que subir nuestros precios y así no incentivas el consumo de fruta. En nuestro caso, no queremos hacernos ricos, lo que queremos es que la gente coma más fruta, que es que además está buena".

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