El día de las cursiladas en los restaurantes

San Valentín pone tontitos a algunos hosteleros: poesía en el menú, sushis en formas de corazón, "filetes de presa ardiente con el chipirón fogoso"... Salimos a la caza de horteradas sin miedo a morir de empalago.

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Díselo con manzanas
Díselo con manzanas.

El amor, qué bonito es. Soy fan del amor, desde siempre. Desde que Rick le dijo a Ilsa que los alemanes iban de gris, pero ella iba de azul. Desde que Richard Gere le pidió a Julia Roberts que se quedara a pasar una noche por la cara, y no porque le pagara. Es escuchar “Oh, my love, my darling…” e imaginarme a Patrick Swayze como Pedro por mi casa. Pero a lo que vamos, que son las cosas del comer: me fascina la parafernalia de las cajas de bombones, especialmente si vienen con un lazo; el esnobismo de las fresas bañadas en chocolate y regadas con champán; hasta me derrite que el tenedor trinche un pétalo cuando en realidad está buscando una patata.

Porque el sector de la restauración no se queda atrás en eso de tocar corazoncitos. Llega el día de San Valentín y hay que rentabilizar la película: según datos de la Federación Española de Hostelería y Restauración (Fehr), el volumen de negocio aumenta en torno a un 30% alrededor del 14 de febrero. “Es una tendencia al alza en los últimos años. La gente quiere darse una alegría después de la cuesta de enero”, explica Emilio Gallego, secretario general de la agrupación profesional. Y con esa misma alegría, los hosteleros se meten en el papel de guionistas, dispuestos a escribir las cenas más románticas y, de paso, elevar sutilmente el precio del menú (como mínimo, un 10%).

Que si velas y elefantes, que si manteles con brilli-brilli o un ramo entero de rosas sacrificado por la causa. Los nombres de los platos se vuelven cómicos, las presentaciones se tornan épicas y, cuando te vienes a dar cuenta, estás envuelto en el drama de pelar las gambas a media luz intentando aparentar normalidad. Todo sea por contentar al ser amado, o al menos evitar que te plante. A continuación un repaso de lo ya visto, y todavía por ver, con motivo del Día del Amor.

Mi corazón palpita como una patata frita. PIXABAY

Un menú para Corín Tellado

Corría 2018 cuando me topé de sopetón con las gambas Cupido. Estaban incluidas dentro de la sección ‘Suspiros de amor’ de un restaurante mexicano y se presentaban aromatizadas con leche de coco, cacahuete y chile. Que suena apetecible, pero como a continuación venían los entrantes Abrazos y los principales Bésame mucho, me sobrevino el bajón. Dentro del catálogo de Menús de San Valentín editado por la Federación Empresarial de Hostelería de Valencia (Fehv), había otras propuestas gloriosas: la ostra valenciana con cava valenciano -jugamos en casa-, el sorbete de mora con aire de rosas o la sinfonía de corazones (nunca llegué a saber qué era).

Ya entonces me sentí completamente fuera del circuito, pero este año me ha vuelto a suceder. Estaba navegando por Internet cuando me sorprendí con el menú de San Valentín de El Mesón de Despeñaperros. Deben de ser espectaculares las vistas al Parque Natural de Jaén, porque el leitmotiv de la cena da un poquito de susto: Amor es comer juntos. Con el transcurso de los platos, la cosa evoluciona hacia eres el refrescante bálsamo que llena mi existencia (entrantes); con los pies en la tierra y mi corazón en tus manos (principales) o lo dulce que son tus besos (postre). A partir de ese momento, todo fueron descubrimientos gloriosos.

Topé con el anuncio de nuevo restaurante Los Habaneros, en Cartagena, que alardea de un diseño gráfico igual de actualizado y además se atreve a emparejar los ingredientes. Matrimonio de fresas con anchoas para empezar, la pareja perfecta del bacalao con el Bloody Mary para seguir y el insuperable encuentro del filete de presa ibérica ardiente con el chipirón fogoso rematando. Guau. Del Grupo Pasión, que cuenta con tres restaurantes en Logroño, no se podía esperar menos. En Kabanova ofrecen el menú Amor Amor y en Pasión Por Ti -nombre gustoso donde los haya- se vienen arriba con el fardelejo apasionado, bollo de Arnedo muy tontorrón.

Lo que cuenta es la intención. PIXABAY

Nada que deje atrás al restaurante Abadengo, en Burgos, donde arrancan con esa tentación de amor, tienen un pinchito de capricho, pescados de "perfume y romance” y carnes de "sueño y ternura". A saber. En esto de ir subiendo la intensidad, los hay tan elegantes y panorámicos como Àtic Palau Alameda, en València, que empieza con los aperitivos Enamoramiento; sigue con el pescado Convivencia, la carne Autoafirmación, el chocolate Crecimiento y el postre Clímax. Para mi gusto, se les olvida la fase Celos, Ruptura y Quiero revolcarme en mi vómito (si Rosalía acaba sacando un disco con esto, por favor, que por lo menos nos mande un besito).

Literatura en estado puro. La nouvelle cuisine, que dirían algunos (nouvelle cursín, lo llamamos otros).

Shakespeare VS Quevedo

Así como cada escritor se funde con una retórica, los cocineros de renombre y los empresarios de la hostelería se postulan en cuanto a la fecha del amor. Los hay poetas, que lo ven todo muy bien: es el caso de Gonzalo Calvo, fundador del Grupo Saona, cuya expansión bajo distintos nombres y en diferentes ciudades es imparable. “Este año estamos en medio de otras dos aperturas, y no sé si vamos a llegar, pero siempre intentamos preparar un menú especial. Sabemos que es un día señalado, con más afluencia, y el menú funciona bien. Normalmente es un poquito más caro, pero porque se ponen platos más especiales, el vino y el cava. Intentamos bajar luz, poner más velas… Que las parejas disfruten”, explica. Una opinión compartida por Emilio Gallego, de la Fehr, que considera “muy lícito” que los hosteleros saquen rentabilidad económica del 14 de febrero.

De tu corazón al páncreas. PIXABAY

“Lícito es, pero no va con nuestro establecimiento”, arranca Quique Valentí, cocinero madrileño en Barcelona, al frente del restaurante de pescados a la brasa Marea Alta. “No hacemos menú especial porque somos lo suficientemente románticos los otros 365 días del año. Ni entiendo ni entenderé que adoptemos costumbres anglosajonas como el Black Friday o Halloween”, increpa, para a continuación cargar contra los menús temáticos: “Serviremos una tarta de fresas cuando estemos en temporada, no porque sea el Día de los Enamorados. Si por lo menos se hiciesen propuestas buenas, pero lo que ves por ahí es terrorífico”. En este sentido, relaciona la cita con el restaurante de consumo y el comensal menos exigente. “El hostelero que forma parte de un sector alto de la restauración es atemporal, y vive igual el 14 de febrero que el 5 de agosto”, zanja.

Más moderado se muestra Vicente Patiño, al frente de Saiti, en València, que precisamente se inauguró un 14 de febrero de 2014. Este año cierra el restaurante para un evento, pero por lo general, no prepara ningún menú especial ni aumenta el precio cuando llega la fecha. “Antes ponía alguna vela; ahora como mucho les doy una rosa”, afirma. Tampoco es partidario Pepe Solla, que en su Casa de Estrella Michelin mantiene el mismo menú el 14 que el 15. “Por parte del restaurante, me parece genial que se aproveche el tirón. Es más triste que haya gente necesitada de una razón para salir a cenar con su pareja. ¡Que lo hagan un martes!”, dice. Y encima deja aviso para tortolitos: “Disfruta cuantas veces puedas, que a lo mejor mañana ya no es tu pareja”.

Presentaciones de flechazo

Hablaba Valentí, que no hace ningún honor a a su apellido, sobre las propuestas melindrosas. Más allá del juego con los nombres, la epidemia del amor tiene otros síntomas, que se manifiestan de manera inesperada. Como un flechazo, un aparte se merece la presentación de los platos, que cede su vertiente gastronómica en favor del mundo de las hadas. Con pétalos de rosas, flechas de Cupido y toda la parafernalia; aunque el rey siempre ha sido y será el corazón: hace años que Telepizza puso de moda la masa con esta forma, y desde entonces son pocos los restaurantes italianos que se resisten a jugar con los bordes.

La pesadilla de un vegano. PIXABAY

Me llama la atención el caso de il Rosso, en València, cuyo menú del día es de 10’50 euros y ese día asciende a 48’50 a costa de entrantes, una carne y el tunning correspondiente. También me consta que más de un italiano saltaría al vacío si le sirvieran la cuore-pizza de Grosso Napoletano, en Madrid, con mucha Nutella y fresas glaseadas. Pero mucho más noqueada me deja la propagación de esta corriente a la cocina asiática: el día que me topé con el primer sushi en forma de corazón casi suelto los palillos del pasmo, y me soplan que lo último es el dimsum y los mochi esponjosos en color rosa.

Si en lugar de rascarse el bolsillo tu pareja elige ensuciar la cocina, reza por que no tropiece con ninguna de las ‘recetas de amor’ que circulan por las mazmorras de Google. Me preocupa mucho el buen posicionamiento del artículo Cómo hacer huevos duros de corazón para San Valentín; y aún tengo pesadillas al pensar en este entrante de flores de jamón york y pimiento verde. Pero nada puede superar al huevo frito con salchicha corazón de Sanwichita, que recibe el aplauso de los comentaristas. “Qué chuli”, dice uno, mientras una estrella muere en el cielo.

El paraíso de todo lo demás

Me estoy sintiendo cruel, porque los pequeños negocios tiran de lo que pueden para aprovechar las fechas destacadas, y hacen muy bien. Los hornos de toda la vida hunden las manos en las masas para moldearlas con amor, y eso es oficio, y debe preservarse. No me entusiasma el ‘te quiero’ encima del glaseado, ni eso de “Jordi y Ana, siempre, forever”, ¿pero quién soy yo para juzgar a la gente que es feliz imprimiendo fotografías del ser amado entre el merengue? Podría hablar de los escaparates con molinillos de viento, nubes de tutti frutti trenzadas y los macarons disecados. Hay un mundo en los manteles con borlas y terciopelo; en las botellas de champán, “pero que sea baratito”; en la banda sonora, que va de Luis Miguel a Álex Ubago; y hasta en las ofertas de “paga 60 euros y te regalaremos una rosa roja súper especial”. Pero creo que ya, ¿no?

A estas alturas, supongo que ya me habéis desenmascarado. Soy el Grinch, la madrastra de Blancanieves, una hater del amor. Ese tipo de persona que no comprende el sacrificio de Leonardo DiCaprio con Kate Winslet porque no sabe nada del compromiso. Que nunca se hubiese subido al coche como Holly Golightly en Desayuno en Tiffany’s (un final que, por cierto, destroza la esencia del libro). A mí es que se me atraganta tanta dosis de azúcar, soy más de chocolate amargo. Si estuviera en mi mano, solo pediría una cosa a los restauradores del mundo por San Valentín: haced mucho dinero, pero con un poco de buen gusto, que al fin y al cabo el menú se paga doble.

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