12 cosas incomprensibles que hacen los 'foodies' en verano

Preferir los mercados a los museos. Hacer ‘gastrosplaining’ a los lugareños. Visitar lugares infectos donde bordan no sé qué plato. Si te vas de vacaciones con un 'foodie', más vale que sepas lo que te espera.

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foodies barcelona
No te vas a librar de visitar mercados.

El verano será esa estación en la que comemos menos, pero si piensas que el calor atonta a los aficionados a la comida y logra que estén menos pesaditos, te equivocas. No, mi querido sufridor de familiares o amigos foodies, los que vivimos obsesionados por el placer gastronómico no descansamos en vacaciones, y estamos muy dispuestos a amargárselas a quien sea con tal de obtenerlo.

Es cierto que compartir un viaje o unos días de descanso con un aspirante a gastrónomo tiene su lado bueno: buscará por ti buenos lugares para zampar, te informará de las especialidades que debes probar o te aconsejará sobre los productos que sea interesante comprar. Pero también tiene su lado oscuro. A los fans de la comida se nos va un poco la pinza cuando salimos de nuestro hábitat natural, y empezamos a hacer cosas nada habituales en el ser humano ordinario. Si en alguna ocasión te has ido de viaje con uno de nosotros, las reconocerás. Si no, más vale que te enteres por si acaso.

Visitar mercados como si fueran el Louvre o el MOMA...

Alguien nos dijo una vez que los mercados son los nuevos museos, y nos lo creímos a pies juntillas. Los frisos del Partenón nos dirán menos que un colirrábano en el Borough Market, y y esa merluza que ya hemos visto tres veces en el tour Massimo Botura por el mercado de Módena nos sonreirá con más misterio que la Mona Lisa. Mejor que como acompañante te hagas fuerte y nos pares los pies: si vamos a tope con el entusiasmo, podemos acabar llorando de síndrome de Stendhal frente al mostrador de embutidos de cualquier Lidl.

...y supermercados como tiendas de souvenirs

El pasillo -repite conmigo pa-si-llo. Entero, sí- de comida jamaicana de Tesco y la sección de especias cajún de Waitrose nos dan ganas de pasarnos el Brexit por el Big Ben y encadenarnos a esas estanterías para siempre, pero si no podemos hacerlo siempre nos quedará la oportunidad de llevarte nuestro peso en comestibles. Sabemos exactamente lo que pesa nuestra maleta, y calculamos con la precisión de un camello los gramos de quesos ignotos suecos, latas de conservas de pescado portuguesas o caracoles gigantes africanos (esos no, que son ilegales) que podemos llevarnos a casa.

El 'foodie', cuando prueba algo nuevo. GIPHY

Pasar más tiempo informándose que comiendo

¿Fiarse de la Lonely Planet e ir los sitios que recomienda? ¿Hacer caso a lo que le digan los lugareños? JA. Los perturbados por la comida no vamos a creernos lo primero nos cuenten por ahí, y antes de dirigirnos a cualquier local estamos dispuestos a tirarnos horas mirando blogs y webs gastronómicas y contrastando después con la lectura de unas 2.000 o 3.000 opiniones en TripAdvisor y Google Maps, hasta dar con el mejor sitio de la ciudad. No uno bueno, ni siquiera uno excelente. El mejor. ¿Que acabamos con la cabeza como el bombo de Manolo? Da igual. En nuestra mente, esos tacos, ese pad thai o esa pizza justifican que hayamos perdido la mitad de nuestras vacaciones mirando una pantalla.

Comer cosas ignotas de otras épocas que a los lugareños ya ni les suenan

Los foodies más intensitos siempre tienen entre ceja y ceja ese bocadillo de tripas de cormorán fermentadas al sol que vieron en un programa de street food raruno de Mega un domingo de resacón, y por supuesto se lo van a comer. Da igual que ya solo lo preparen en un rincón apestoso del puerto, sobre un bidón en llamas, dos individuos con más pinta de tener sífilis que un certificado de manipulador de alimentos. En la tele decían que en los años 30, durante la hambruna, fue el segundo manjar favorito de los marineros de la zona, después del gato frito. No esperéis que asuman que la guerra ya ha pasado y hasta los supervivientes saben que no hace falta zamparse esa bazofia (aunque los gatos de la zona creen fervorosamente que han tomado la decisión adecuada).

Comida española, nunca

Da igual que lleves un mes viajando por China, tengas el sistema digestivo como el de un mirlo, un antojo de comida española como un piano de cola y a 200 metros haya un restaurante de solvencia contrastada: los foodies acérrimos no comen comida española cuando están de viaje en el extranjero. ¿Significa eso que no tienen las mismas ganas que tú de tirarse en plancha sobre esa paella? Por supuesto que las tienen, pero se dejarían arrancar piel a tiras con un espiralizador de verdura antes que reconocerlo: como te dirán si te atreves a sugerirles visitar uno de estos establecimientos, ellos no han “venido hasta aquí para eso”. Acto seguido buscarán un tugurio cercano donde les sirvan carne de burro (y tengan lavabo). Si les dices que tienen los ojos un poco llorosos, será porque les ha entrado “un poco de pimienta de Sichuan”.

La cocina de supervivencia no es para ellos

Llevas aguantándole la turra gastronómica mientras preparabais el viaje, durante, previsiblemente después y para el resto de tus días (si no te cansas antes). Pero ha llegado tu momento, hoy vas a sacar provecho de toda esa sapiencia: hay que preparar unos bocatas sencillos para llenar la panza durante un trayecto de siete horas por una zona virgen. Te las prometes muy felices con tu bocadillo de puturrú, ¿verdad? Pues no esperes que lo haga: la cocina de subsistencia no está a la altura de su arte (y te lo dirá con un movimiento de melena digno de una final de RuPaul´s Drag Race).

Con topping de corgi, sí. GIPHY.COM

“Pero si solo son 200 kilómetros de nada…”

Si viajas con un foodie extremo, prepárate para el momento en el que te plantee -con toda la naturalidad del mundo, además- la posibilidad de desviarte “solo” 200 kilómetros para ir a comer a un restaurante que le han dicho que es buenísimo. Es un plan sin fisuras: si coméis bien, te recordará para siempre que el banquete fue mérito suyo. Si resulta ser una basura, estará mucho más ofendido que tú hasta el fin de los días. No puedes hacer ningún movimiento bueno en esta partida, así que ni lo intentes.

Hacer gastrosplaining a los lugareños

Esta es una de las cosas que pueden llegar a hacer explotar el contador de vergüenza ajena, pero por suerte no es demasiado frecuente y solo se dá cuando el fudismo viene acompañado de cierta imbecilidad. Si se da el caso, los individuos pueden llegar a ir por los sitios a los que viajan dando lecciones de su propia cocina a los que viven allí, por ejemplo a los italianos de cocina italiana (porque han visto Sal, grasa, ácido, calor o cualquier otra serie de Netflix y se sienten unos Michel Pollan de la vida). Si es el caso de tu acompañante, da cualquier relación por terminada y huye sin mirar atrás: además de fudi es un idiota sin remedio.

Él sabe mejor cómo es una margherita. WIKIPEDIA

Probar los helados más raros

De fabada, de erizo de mar, de cabrales de gazpacho y, si lo encuentra, de requesón de unicornio: el deporte favorito del foodie en verano es probar todos los helados rarunos que se le pongan por delante. Tendrás que aguantar su mirada de superioridad cuando pidas tu combinación básica de pistacho y nata, pero también te reirás cuando tenga que zamparse la tarrina entera de fideuà con all i oli, mostaza y té darjeeling con pastitas sin poner caritas.

‘Foodienteritis’ aguda

En el pasado, el aficionado al buen comer intentaba ir a restaurantes más o menos finos con cierto pedigrí. Ese modelo de adicto a la Michelin se ha quedado viejuno, y ahora lo que mola es combinar la cocina refinada con sitios baratuzos, infectos y presuntamente auténticos, de esos que causarían un ictus a un inspector de Sanidad. Sirve cualquier delicia de puesto callejero roñoso que nos haga sentir dentro de un documental de Anthony Bourdain, aunque luego lo paguemos con una gastroenteritis que nos deje como un trapo. Al final, lo importante es hacernos fotos y fardar de versatilidad de viajeros intrépidos con mucho mundo en las redes sociales, y en Instagram no se va a ver el retrete donde nos hemos pasado tres días por culpa de esa comida tan “de verdad”.

Salmonela esperando a foodie. GIPHY

Hacer una cena a la vuelta para sus 3716260 mejores amigos

Preparar algunos de los platos que has comido en el viaje para tus amigos es el nuevo pasar 134 diapositivas sobre las vacaciones en Egipto, aunque más agradable para el paladar, si cocinan bien. El precio por probar esa tartiflette para por aguantar dos horas de chapa sobre lo bien que se come en Saboya, pero si la bajas con suficiente vino es posible que te compense (y a lo mejor hasta te llevas un táper).

¿Y en invierno?

Eso, ¿qué hacemos los buenos gastroviajeros cuando se acaba el verano, pasa el otoño y llega el frío invierno? Pues ver cómo crían polvo en nuestros armarios o despensas el 90% de los productos que nos compramos en nuestro periplo estival. Reconocer que no sabemos muy bien qué hacer con esas especias y aderezos que trajimos como si fueran pepitas de oro. Asumir que, después de varios intentos semicatastróficos de replicarla en nuestra cocina, se nos ha pasado la fiebre por la comida de la zona que visitamos. Y sobre todo, pensar en cómo vamos a convencer a nuestros familiares y amigos para ir el año que viene a ese lugar donde dicen que se come tan bien.

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