Los cuatro tipos de cuñados gastronómicos (y cómo quererlos)

Se acerca ese momento del año en el que alguien en la mesa te sacará de quicio entre espumillones. Lee esto, toma aire y aprende a amar al listo de la familia.

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Él sabe mucho de todo
Él sabe mucho de todo.

“Viriato frisaba la cincuentena, era bajo, rechoncho, escaso de pelo, corto de remos, levemente corcovado, y debía de haber sido bizco cuando aún disponía de los dos ojos. Por lo demás, era un hombre de aspecto saludable, no mal parecido, en apariencia bonachón y predispuesto a reír sus propios chistes”. Así describe el trastornado protagonista de La aventura del tocador de señoras a su cuñado nada más conocerle. A renglón seguido, Viriato se refiere a sí mismo como “un individuo parecido a Kevin Costner” y se declara filósofo de vocación “en mis ratos libres”. Vive con su mujer y con su madre: “Sé que un día las mataré a las dos a hachazos, pero entretanto vivimos bien”.

Es difícil superar el cuñado español que sintetiza en apenas un párrafo Eduardo Mendoza: un engendro físico y mental con una opinión desmesurada sobre sí mismo, de su sabihondez y gracejo, que esconde a un inadaptado; hasta a un asesino de la calle Fuencarral. Un perfecto y peligroso memo, experto en la universidad de la vida, entrenado en cuerpo y alma en el banquillo televisivo del balompié e ilustrado como un calendario de taller, que como todos los fachendosos celtibéricos requiere público para certificar el prodigioso reflejo de sí mismo que ha decidido ver dentro de su translúcido cerebro.

El cuñado español, bien lo sabemos, sabe de todo y sabe más que nadie de cuerpo presente o fallecido. “Nunca falta en las reuniones el españolísimo personaje del listo. El listo no se arredra por nada. Lo sabe todo. Lo conoce todo”, decía el maestro de periodistas Luis Carandell en su ensayo Los españoles (de 1968, ojo). El Cuñado Español, toro de porcelana de nuestra estulticia nacional, solo puede existir en España porque solo aquí somos capaces de estereotipar con bilis a un personaje del que somos juez y parte, pues todos los españoles y españolas que tenemos cuñados y cuñadas somos a su vez, lógicamente, cuñados y cuñadas en viceversa.

Tú intentando mantener la calma. via GIPHY

Con la chanza nos revelamos a nosotros mismos, de la misma forma que el invertido mental de la novela de Mendoza retrata su miseria a través de la crueldad con la que describe a su familia. Olvidad El Quijote: el retrato contemporáneo e inmortal de este país lo lleva consignando Mendoza en sus novelas paródicas desde los años setenta. No es casual que el escritor se haya resistido a recordar el nombre de ese detective que, escapado o expulsado del manicomio, hurga España.

En un lugar de un comedor del que no querréis acordaros os sentaréis en breve junto a vuestro cuñado o cuñada para compartir el banquete doméstico de Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo o en la festividad de los Reyes Magos. O todos esos días del calendario, si vivís en el infierno. El infraser ayuntado con vuestro hermano o hermana pontificará sobre política, feminismo, Cataluña, el cambio climático, Trump, Rosalía y por supuesto, sobre gastronomía. Si además él o ella —porque la Cuñada Española es igual de irritante y resabida— cocinan, aunque sea un plato, pasaréis una velada similar a la de las chicas semisumergidas que acompañaban a Jesús Gil en aquella piscina bizarra desde la que desvariaba en televisión. Un gañán gritando entre esputos de pan mientras el resto de la mesa acogota la mirada entre los langostinos para no contestarle y liarla.

Mas no desesperéis: esta guía de anticipación que os proponemos os permitirá alcanzar un aislamiento zen, bajo el cual transitar por ese inevitable purgatorio navideño con la concentración suficiente para ignorar al interfecto. Porque ya sabéis por años precedentes que no merece la pena replicar a un cuñado: es como alimentar a un trol. O como disparar armas nucleares sobre Godzilla. Es mejor quererlo. Amarlo. De hecho, aprender a encariñarse con el cuñado español, sea cual sea su variante, es aprender a querer a España de verdad. Y por ende, quererte a ti mismo. Esto es todo lo que te vas a escuchar, así que vete preparando para reconocerte y para dejarte imbuir por los consejos de fraternidad que te asociamos.

El cuñado agridulce

El cuñado agridulce es el cuñado a medio cocer, el cuñado gañán, el Viriato: con toda la disposición pero ningún talento, y una visión del mundo que cabe en un llavero con logotipo de coche caro. Es el que cada día actualiza su estado en Facebook con un presunto chiste sonrojantemente machista y/o xenófobo sacado de una captura chunga de WhatsApp. Odia con ferocidad todo lo relativo a la gastronomía, hasta la misma palabra, que en su iconoclasta humor ha rebautizado como “gastropo***das” y que pronuncia en voz alta mirando a los niños de la sala en busca de una sonrisa de complicidad. “¿Qué deconstruzión nos has preparado este año para la cena, eh, campeón?”, te dirá en cuanto te vea poniéndote el delantal, soltándote una sonora palmada en la chepa que te recolocará los omóplatos en vertical, arruinándote el pulso para picar el sofrito.

Hazle así de vez en cuando. via GIPHY

Si tienes a un cuñado agridulce en casa, nunca se te ocurra preparar gyozas -“¿Esto qué son, empanadillas chinas?”-, buñuelos de bacalao -“¿Esto qué son, croquetas chinas?”- ni risotto (“¡Cocinillas, parece que se te ha emplastado el arroz chino, jajaja!”). Cualquier plato con abundancia de verduras o hortalizas disparará su broma de gallo de corral: “¡Mira, yerbas de las que comen las locas esas que no quieren que violen a las gallinas!”. Así que hazle un simple asado de cordero o mejor de cabrito con patatas panadera y ponle vino de Rioja, mucho Rioja: “Ahora hay vinos hasta de Canarias, pero qué quieres que te diga, a mí el único que me sabe a vino de verdad es el Rioja. El de siempre. Y aún te digo más: prefiero el crianza que el reserva”. Si al ver tu teléfono móvil te pregunta si “tú también te has comprado un jagüei”, miente como un bellaco, porque ese hombre bruto pero campechano, inofensivo hasta que acude a las urnas, tiene una evidente fijación geopolítica y lleva meses asentando un contundente discurso sobre la amenaza de Oriente durante cientos de desayunos con otros cuñados similares en el único bar de su barrio “que aún no ha cogido esta gente”. “¿Te puedes creer que hasta han aprendido a preparar las gambas con gabardina?”. Alucinante.

Amar al cuñado agridulce es muy fácil: cuando departiendo en animado soliloquio sobre “el barbas” y “el coletas” se haya pimplado dos botellas de cava no catalán —las ha traído él, ufanándose de su fidelidad pelaya al boicot—, pregúntale en voz baja si recuerda algún chiste de Arévalo. En cuanto empiece a desplegar el arsenal, deja que tus hermanas, primas, cuñadas, madre y abuela hagan el resto.

El cuñado culinario

Aunque la RAE aún lo ignora, la Fundéu aprecia que “el término cuñadismo, que hasta ahora hacía referencia al nepotismo o favoritismo hacia los cuñados, ha ampliado su significado y se emplea sobre todo para referirse a la tendencia a opinar sobre cualquier asunto, queriendo aparentar ser más listo que los demás”. Porque una cosa es Iñaki Urdangarin y otra tu cuñado culinario, el experto en sacarle pegas a cuanto le plantan en la mesa. En este segundo estadio de crecimiento, el cuñado celtibérico ha salido de la cueva y ha buscado dónde cae China en un mapamundi. Aunque todavía no entiende el concepto de globo terráqueo y el que tiene de humanidad finaliza en el Metro, se siente autorizado para dar lecciones a todo el mundo.

Hablamos del cuñado clásico, el original: “A este vino le falta respirar”, “el solomillo como mejor está es con un buen foie”, “en relación calidad precio, la mejor sriracha del mercado es la del Mercadona”, “el boletus es el rey de las setas” y otros grandes éxitos de gasolinera. Se ha apuntado a un curso de catas, ha leído no sé qué en la revista Tapas y ha decidido odiar la thermomix, aunque jamás la haya usado: “Se pierde la magia de la cocina, y por ese dinero cenas en setenta restaurantes Michelin”, sentencia, como si efectivamente se supiera todas las estrellas españolas de memoria de tanto frecuentarlas. En las muchas navidades que llevas coincidiendo con él no recuerdas haberle visto echar una mano en la cocina, siquiera para recoger la mesa, a no ser que se trate de descorchar.

Como se ve tu cuñado a sí mismo. via GIPHY

Aún no habréis acabado el primer plato y el cuñado culinario ya os estará enseñando fotos de su Instagram con las últimas visitas a algún gastrobar decorado con palmeras, cuadros blancos de marco rastrillo-rococó y lámparas de filamento: “Es un cocinero con un discurso muy coherente, trata de maravilla el producto”. Sé comprensivo y déjale que te recite los 11 platos del menú degustación, con sus correspondientes fotos cenitales embellecidas por el filtro Lo-Fi. Aguanta hasta la última, donde sale con el chef levantando el pulgar.

Tu cuñado culinario ha traído un minúsculo táper con unos raviolis de pera y cabrales como aportación a la cena -uno por cabeza-, y la chapa que os ha soltado mientras los comíais ha durado más que el discurso del Monarca. Para la sobremesa os presenta una “ginebra premium” cuya botella refulge todavía el sablazo que le han debido de atizar en la tienda gourmet: “Como siempre digo, es mejor beber poco y bueno que mucho y malo. Y si es mucho y bueno, pues mucho mejor”. Aunque solo añade al gin-tonic “una corteza de cítricos, porque no me gustan las mariconadas”, se esmera en sacarle un coqueto twist al limón. Cuando le pide a tu madre una cucharilla larga para escanciar lentamente la tónica, tu madre limpia el cucharón con el que ha servido las carrilleras y se lo planta en la mano sin inmutarse. “La tónica es india y ecológica”, anuncia aquel. El sablazo ha sido doble.

Para quererle más, agradécele su generosidad interesándote por la máquina de cocinar al vacío que se acaba de comprar. Si la charla se prolonga tantas horas como le cuesta preparar un cochinillo, pregúntale qué hizo con aquel sifón para espumas que compró hace unos años. Cambiará de tema de inmediato.

El cuñado Apicio

Llegamos a la cumbre de la pirámide cuñadil. El cuñado o cuñada Apicio está tan versado en la ciencia gastronómica que alberga en su interior a los hermanos Adrià y a los hermanos Roca bajo la apariencia de los hermanos Torres. Ha renunciado a la cocina propiamente dicha, burda tarea manual, para dedicarse a ser un epicúreo comensal. Suele compartir su afición académica con su pareja, gustando ambos de sujetar la copa de vino desde la base, para no intervenir en su temperatura. Se colocan la servilleta sobre las rodillas como un sacerdote se pondría una ínfula. Y se complementan las peroratas sobre sus últimos cosmopolitismos con una sincronización propia de Pimpinela ante la que es imposible no arrobarse, porque son encantadores.

Al sentarte a la mesa ya te habrán soltado que “no has probado el paztai de verdad hasta que has viajado a Thailandia, pero a la Thailandia real, no la que visitan las turistas”. El año pasado dijeron algo parecido de los restaurantes japoneses, y hace diez, recién aterrizados de Cancún, de los tacos, el tequila y el mole. Su mundo es redondo porque siempre acaba en el mismo sitio: su culo.

Ni tu madre lo soporta ya. via GIPHY

Testarán el vino que hayas llevado con un brevísimo mohín de desagrado, aunque sin dejar de sonreír, proponiendo como quien no quiere la cosa que se abra la botella de Muga que han traído y sacado de la bolsa con un elegante aspaviento: “Íbamos a coger el Marqués de Carraovejas pero se les había acabado. Es un dolor que tu bodega favorita se ponga de moda, chico”. Por supuesto, te harán partícipe del último capítulo de Chef’s Table que les ha epatado en Netflix, probablemente porque Massimo Bottura (capítulo 1, temporada 1) les pareció un personaje “súper inspirador, de esos que es imposible encontrar en este país de pandereta. Me sentí además muy identificada porque ¿te puedes creer que me vuelvo loca para encontrar un parmiggiano reggiano auténtico?”. Alucinante, en qué mundo vivimos.

Cuando sirvan los langostinos, los pelarán con cuchillo y tenedor rememorando los frutti di mare que se empujaron este verano en Venecia con champán Dom Perignon, “que ríete tú del cava, jajaja. No, ahora en serio, hay cavas muy buenos, pero claro, donde esté un buen champán…”. Y tienen razón, según asentirás chupando la cabeza de tu crustáceo con ansiedad, Milana bonita. Al llegar el solomillo, os contarán dónde compran ellos la carne de buey: “Madurada durante 40 días en cámara, no veas qué delicia, con una grasa infiltrada que se deshace en la boca como mantequilla”. Deslizarán con falsa discreción que pagan la susodicha vaca marchitada a una barbaridad de ecus el kilo, “muy cara, la verdad, pero chico, como decimos nosotros, si no te das tú los caprichos, ¿quién te los vas a dar, eh?”. Tú los mirarás fijamente con una sonrisa congelada, deliciosamente infiltrada en tu cara, y solo dirás “ajá”, mientras vuelcas lentamente la copa en tu boca abierta, sin tragar, dejando que vean cómo tu dentadura y tu lengua se anegan en púrpura. Joker is in da house. Entonces se callarán. Y podrás acariciarlos.

El cuñado propio

A veces la suerte deposita en tu familia a una cuñada o cuñado propio, dicho de aquel del que te acabas apropiando porque resulta ser una persona normal. Yo tengo varios: escuchan al Rey con la misma cara que pone él, les gusta comer sin melindres y no despliegan ringorrangos en la mesa. Beben de todo, con un criterio bastante laxo que se difumina al ritmo de las burbujas. A la hora de las copas, acaban comiéndose las peladillas de la bandeja del turrón mientras fallan preguntas del Trivial sobre la geografía más básica. En mi caso -mi comportamiento es similar, si acaso con menos quesitos ganados en el tablero-, se añade una querencia sobrenatural e incontrolable a volcar al menos una copa de vino encima del mantel por cena, con las consiguientes collejas maternas acompañadas de maldiciones por su mala suerte con la descendencia (mi madre piensa que mi biografía es una caída en picado y, con las pruebas en la mano, es realmente complejo desautorizarle tal conclusión).

Sin embargo, cuando mezclamos comida, alcohol y opiniones catedráticas sobre los asuntos mundanos, todos los cuñados y cuñadas españoles, quizá por nuestro ineludible gentilicio, acabamos en algún momento comportándonos un pelín gilipollas, por acción o reacción, dándonos más importancia de la que tiene aquello de lo que hablamos (“¡Que no, que no tienes razón, te pongas como te pongas, Josecarlos!”). Nos pasa incluso si no somos cuñados: en el trabajo, en la barra y no digamos en Twitter. Ya éramos un país de listos cuando Luis Carandell nos analizó en el terrario, y medio siglo después, el exclamativo eslogan de MediaMarkt nos sigue recordando –mientras se frota las manos– la cojera principal de nuestra convivencia. A ver si por fin aprendemos, y nos ocupamos de brindar y aplaudir al cocinero, que es lo principal ante una buena mesa. Estoy casi seguro de que hasta lo hicieron en la Última Cena.

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